Cuando Cantó El Burro
Pablo y Francisco son dos pequeños hermanos de 7 y 8 años
respectivamente, quienes habían perdido a su madre apenas hacia dos años, por
lo que se veían muy afectados, reflejando en sus rostros una profunda tristeza
que con nada remediaban…. Eran unos chicos de carácter festivo, pero se habían
vuelto taciturnos y alejados de tal forma que su padre, de oficio campesino, se
sentía preocupado por el estado anímico de los chicos.
Sabiendo que era imposible devolver a la madre y temiendo
que sufrieran un grave deterioro en su
salud, pensó en darles un regalo
inesperado que les ayudara a paliar su
tristeza y asumió que lo mejor, era alegrarlos con una mascota que les animara y volvieran a ser los chicos de antes.
Estaban Pablo y francisco en un corredor del frente de su
casa cuando vieron venir a su padre trayendo consigo a un pequeño borriquito,
pero no movieron ningún músculo del rostro y permanecieron inmóviles como si
tuvieran su pensamiento puesto en un punto lejano… su pare llegó hasta ellos y les entregó la cuerda que sujetaba a la
mascota y dirigiéndose a ambos. Les dijo:
-Este burrito que acabo de comprar estaba muy solito y pensé
que sería muy valiosa la compañía que ustedes le ofrecieran-
De inmediato los chicos reaccionaron y pasaron sus manitas
sobre el hocico del burrito y hecho esto, sintieron primeramente lastima y después
una atracción, terminando por aceptar el ofrecimiento de su padre sin mediar
una palabra. Con la cuerda bien sujeta, hicieron correr al borriquito, quien
juguetón, empezó a dar pequeños saltos y repentinamente, alegre y retozón se
tiro al suelo revolcándose de tal forma que hizo reír a los pequeños Pablo y
Francisco.
El padre de los pequeños miraba la escena desde el pórtico
de la casa, sintiéndose satisfecho de al
ver a sus hijos tan entusiasmados con el también pequeño orejón, por lo que
abandonó la escena, estando cierto que había hecho lo correcto al comprarles tan
linda e inesperada compañía.
El tiempo no detuvo
su marcha y pronto el burrito creció
robusto y fuerte…Seguía siendo
insustituible compañero de los
pequeños Pablo y Francisco, sin embargo, se acercaba velozmente al momento en que ya no sería considerado
apto para participar en los diversión de los niños y así fue, porque un buen
día, el padre y los niños salieron a un
bosquecillo cercano para traer leña, llevando consigo al borriquito que trotaba
festivo por lo que consideraba un paseo.
Habiendo completado la poda, el padre empezó a sujetar la
leña sobre el lomo del burro, quien al sentir la sorpresiva carga, rebuznó con
tal fuerza que sorprendió a los niños que se quedaron atónitos escuchando el
sonido, desconocido hasta ese momento para ellos. El pequeño Pablo se acercó a su padre y le dijo esbozando una
inocente sonrisa: -Papá, el burro canta-
El campesino sonrió, sin darle una explicación.
Para francisco no pasó
inadvertida la verdadera situación
y objetó a su padre, temeroso de que el burro sufriera por la carga…
-Papá, le dijo, Orejón está sosteniendo
más peso del que puede soportar; no lo lastimes, ¿acaso no ves que sufre?-
El campesino, no deseando incomodar al chico, le ofreció una
explicación como disculpa: -Mira hijo, le
refirió, es la primera ocasión
que el burro siente un peso extraño sobre su lomo y es por ello que rebuzna,
pero ya se irá acostumbrando y tu
también verás que su naturaleza es así. Está hecho para la carga y por más que
proteste, su situación siempre será la misma.-
-Pero papá, replicó el chico. Permite al menos que la carga
sea más ligera.-
-No es posible Francisco, porque necesitamos toda la leña y
nadie mejor que el burro para realizar el trabajo.-
El pequeño Pablo, que había observado curioso la escena le señaló
al campesino: - Te olvidas papá que nos regalaste el burro y es nuestro. Por favor papá, no lo cargues, mejor
escucha a Francisco.-
El campesino se sintió confundido y avergonzado de su
actitud, pero al observar la carga, hizo caso omiso de las peticiones de los
niños y dando una palmada al burro sobre la grupa, inició el camino de retorno
hacia su casa seguido por los chicos.-
En los días siguientes,
el ambiente festivo y la risa franca
de los chicos habían desaparecido y aunque reprobaban la actitud de su padre,
terminaron por aceptar la realidad; le habían propuesto al campesino que vendiera al orejón, pero desistieron
porque eso no remediaría la situación, pues aunque el burro cambiara de dueño,
su condición sería la misma y el peso de la carga podría ir en aumento.
Así pasaron los días y las semanas y el orejón se había
transformado en el mejor transporte de carga para desilusión de los chicos que
no se mostraban conformes con la suerte de su mascota, por lo que hacían
frecuentes reclamos al campesino que veía con desagrado que cada día se hacía
más grande la brecha entre él y sus hijos de tal forma que busco un
acercamiento familiar, pero sin ceder ni
un poquito en la suerte laboral del burro.
El campesino llamó a sus hijos y les propuso jugar como lo
habían hecho en otras ocasiones a lo que los chicos accedieron de inmediato. –Muchachos,
les dijo, ¿qué les parece si jugamos lanzamiento de herradura?
Pablo y Francisco pensaron un poco y le propusieron jugar al burrito retozón en el
que el campesino sería el burro, y éste accedió apresuradamente con tal de mejorar
la relación familiar, tan deteriorada en esos momentos
Durante un buen rato, los chicos lanzaban sonoras carcajadas
montando sobre la espalda de su padre, quien también se sintió feliz viendo la
alegría de sus hijos, sin embargo, después de un buen rato les
pidió jugar otra cosa, pues el cansancio
empezaba a mermar sus fuerzas, pero Francisco le dijo que el juego
apenas iniciaba y entre ambos chicos le cargaron sus espaldas con leña.- Ya no
me está gustando el juego, les dijo, ya estoy muy cansado-.
-Mira Francisco, gritó Pablo, el burro canta- Fue entonces que el campesino, más
confuso que cansado arrojó la carga que
llevaba a cuestas y aún no acababa de
incorporarse cuando Francisco le replicó –No hagas eso papá, primero tienes que
dejar de ser burro-.El hombre no le respondió, pero comprendió al fin que sus
hijos le habían dado una gran lección.
Siempre habrá en el mundo personajes a los que las protestas
les parecen un canto y otros que pondrán
oídos sordos y permanecerán impasibles ante la carga que lleva a cuestas la inmensa mayoría de personas que en mucho se
parecen al orejas de este cuento, porque van por la vida etiquetados por una
condición a la que llaman clase trabajadora.
Angel Pérez
Mora
Mayo de 1987